Berto el Bocarte: De inquieto pez a Anchoa Gourmet | Las Toñas - Las Toñas
Berto, el bocarte
De Papel y Sal

¡Hoy es mi día!, se decía cada mañana, antes de acabar haciendo exactamente lo mismo que el anterior: esquivar redes, huir de peces más grandes y discutir con una sardina que cada día le tocaba las aletas llamándole primo barato. Hasta en el océano se hace bullying, mire usted. Pero un día, zas: red al canto. Berto y todos los clientes de su banco acabaron enredados y marcharon rumbo a puerto, donde todo olía a sal, a manos expertas y a destino inevitable.

Bueno, al menos viajamos y cambiamos de aguas, dijo siempre tan optimista, intentando mantener el tipo ante sus amigos que estaban perdiendo ya las escamas del miedo que tenían.   

Tras una temporada que Berto describiría como oscura, olorosa, intensa y poco consensuada, acabó transformándose en algo completamente distinto a lo que era: notaba que su cuerpo tan rectilíneo ya no era el mismo, su boca había desaparecido; ¿seguiré siendo un bocarte sin ella, no sé yo, rumiaba para sus adentros, y estaba muy molesta, le faltaba espacio, se estaba convirtiendo en una anchoa llena de sal apelotonada junto a un montón de sus amigos. 

Cuando les sacaron de aquella cárcel, Berto pensó que ahora llegaría lo bueno, por fin viviría aventuras en lugares desconocidos que él se imaginaba maravillosos; le colocaron allí entre trapos y vio como una linda señorita le iba haciendo cosquillas con una redecilla para acabar quitándole la plata de su lomo, ya no podría presumir de la elegancia que le aportaba; bueno, pero la señorita le trató con mucho mimo y cariño. Se enamoró enseguida de Toña; sabía que se llamaba así porque lo vio escrito en un papelucho que colocó al lado suyo; Berto, en el colmo del optimismo, esperaba que al reverso estuviese escrito su número de teléfono.

Tras el masaje recibió una buena ducha de aceite tonificante, lo que le llevó a pensar que ya estaba listo, había pasado de pez inquieto a una delicatessen respetada. El sueño de su vida, le habían tratado como una celebridad y le dejaron reposar en un lecho elegante cubierto de una artística cajita.

Meses después, abrieron la lata y escuchó voces: 

Está buenísima —dijo alguien con una copa de vino en la mano.

Berto, transformado ahora en filete perfecto, pensó: Ya lo decía yo, al final sí era especial.

Y así terminó su aventura: no conquistó nuevos océanos, pero sí una tostada. Y, en el fondo, no estaba nada mal.